De Agrimensor a Agrimensor

 

Por: Víctor Elías Aquino

El paso de los años se había aposentado en su mente y en su cerebro de sexagenario; en su frente, abriéndole surcos como caminos señoriales interminables, y sus cabellos de ensortijados y esponjosos devinieron en algo escasos, y perdieron su negro retinto intenso, para tornarse gris.
Ese era Antonielo, sabichoso, travieso, ameno y conversador con las mujeres como el que más, logró pasar con escasos sobresaltos la barrera de los 60, y con el tiempo adquiriría la terca costumbre de hacer énfasis en sus dictados, por si acaso.
Tanto se parecían Antó y Aquino, su padre, que el hijo emuló al padre estudiando agrimensura.
Otro de los hábitos que adquirió de manera gratuita fue de hablar sólo, pero eso no era motivo de preocupación, ya que muchas personas tienden a hacerlo al pasar la barrera de los años cincuenta y sesenta.

Otra de sus manías, fue el impartir las instrucciones por escrito en el área de los negocios. Es la manera de preservar la memoria y de no olvidar las cosas realmente importantes.
Fue en esos días, en que soñó despierto que se había convertido en Anselmo su padre, total; también Antó se llamaba Anselmo.

Fue Entonces y solo entonces, Anselmo padre, se vió frente a frente ( fase to fase), a un hombre inexpugnable, el Coronel Willy Bayoneta, a la sazón, jefe de agrimensores del país del norte; aquel que como enseña presenta un conjunto de barras y de estrellas, que vino al país en noviembre de 1916 con una misión que creía cuasi divina “preservar vidas y propiedades de un país de súbditos del Caribe”.
Provisto de un conjunto de triángulos teodolitos rudimentarios, binoculares y catalejos; aprendió con grandes destrezas y el asombro de los extranjeros el manejo de esos instrumentos desconocidos hasta el momento en el país.
Fueron esos aparatos que facilitaron primero el trazado de vías públicas país, luego pequeños de pueblos y comarcas, y curvas a nivel y fuera de nivel, para dar al traste con las tres troncales carreteras, base del futuro establecimiento del sistema y economía capitalista, que habían iniciado por un lado con el dictador Ulises Heureaux , y posteriormente otro dictador, Rafael Leónidas Trujillo. Ambos tenían sellos y marcas en sus frentes;-murieron ultimados a balazos.
Aquino (el padre), trabajaba de sol a sol, decía que el astro era una batería gigantesca provista por manos no humanas para facilitar la vida de los terrícolas.
Decía de boca llena -sin nada en la boca-, que el sol preserva la vida, sus convicciones se metieron de lleno en los poros y convirtieron en más oscura su piel de indígena.
Caminó a pie, y a caballo en la cola de un helicóptero minúsculo, como del tamaño de un carreterilla de carpintero junto a los extranjeros que llegaron al mismo tiempo en que se mancillaba el suelo patrio.
Observó con entusiasmo la copa y las espesuras del pico Duarte, y lloró en su cima pensando en el patricio Juan Pablo Duarte y todos sus desvelos y sacrifico por esta tierra.
Avanzó sin miedo entre sotos y pantanos interminables, entre puercos cimarrones, culebras de dos cabezas, selenodontes, y roedores que comían carne humana y otras especies desconocidas hasta el momento por la ciencia de la contemporaneidad.

Recibió todo tipo de picaduras de insectos de las que se salvó colocándose hojas tibias recomendadas tiempo atrás por el mismísimo doctor Francisco Moscoso Puello. Nunca se quejó de picaduras de mosquitos, se acostumbró a ellas y hasta falta le hacían. Este hombre que cuando estaba sobrio era todo decencia, cuando se irritaba se convertía en bravío.
Sus brigadistas llegaron a dejar de temerle a las picaduras porque como jefe de Brigada, iba delante, machete en mano y enfrentaba con destreza los peligros que a su paso presentaba el camino, abriendo trochas y desdibujando los caminos a su puro antojo.
Estudio los secretos nocturnos de la luna, y conoció de la cara oscura del satélite, vio sus cráteres y por instantes, y por instantes llegó a pensar que los tenía al alcance de la mano derecha, a veces bailaba sólo de felicidad.

No habló inglés, a penas aprendió frases típicas para su desenvolvimiento personal con los estadounidenses que conoció , pero, con el auxilio del lenguaje de señas aprendió a conocer los pensamientos de los americanos, no así su lenguaje por completo.
No tuvo una gran facilidad de comunicación con las escasas mujeres estadounidenses con las que trabó amistad, siempre dijo que -con las americanas eso no funcionaba-. Siempre entendió que era muy difícil comunicar la afectividad en una lengua distinta a la nativa.
Poco antes de morir, había trabajado con grandes aciertos en la reconstrucción de las calles del pueblo de Nagua, un poblado distante a 146 kilómetros de Santo Domingo, en cuya entrada se leía un letrero, “entra si quieres, sal sí puedes“.

En efecto, entró al pueblo “como Pedro por su casa”, pero apenas pudo salir un sábado del pueblo, para llegar a la capital y dos días después entregar su espíritu escoltado por cuidado de su esposa Ramona, y sus hijos: Antonielo y Carlos José y Noraima.
Sus mayores logros, los obtendría en la ciencia y arte de la agrimensura, se destacaría como uno de los más grandes especialistas en el trazado de las curvas de nivel, la construcción de rieles para trenes e ingeniería en sentido general, pero luchó en vano, y no aprendió la ciencia del manejo del dinero y la buena administración hogareña.
El alcohol y las mujeres los acompañarían durante toda su vida, y sus continuos viajes serían como una prisión sin rejas, una barrera que lo alejaría de sus hijos, y solo los vería por corto periodo de tiempo, aunque los amaba con tierna ternura que rayaba en casi en los bordes de la locura.
Muchos de sus hijos recuerdan la última tarde que volvió del Pueblo de Nagua, a todos les estampó un beso en la frente que sería un tierno hasta luego…

 

14 de marzo, 2016