¿Cómo nació “El Príncipe” de Maquiavelo?

“El Príncipe”, tratado de Ciencia Política que lo sitúa como el iniciador de esta materia con vigencia hasta nuestros días

Por: Tony Raful Tejada

Maquiave­lo fue con­finado en un mo­mento his­tórico de su vida, a un destie­rro donde le tocó compartir la desgracia del desprecio y la miseria de su entorno.

Sin embargo aceptando que esto lo hacía irse a las ta­bernas a jugar o participar de las reyertas de los hombres, dice un párrafo inolvidable de su escritura que acabo de leer desde 1510 a nuestros días.

No solamente lo acabo de leer, sino que fui a ese lugar donde fue confinado, donde escribió su obra maestra “El Príncipe”, tratado de Ciencia Política que lo sitúa como el iniciador de esta materia con vigencia hasta nuestros días, aunque no la compartimos.

Nicolás Maquiavelo

Para saber cómo conoció a los hombres y al Poder, bas­ta leer estas cuartillas, donde desterrado por el Principado de su época, confiesa que se vinculó a la taberna y a los juegos y a las querellas vanas de los hombres en su desnu­dez social.

Pero dice que regresaba y conversaba con los grandes autores y pensadores en su soledad fecunda.

Las madrugadas eran de él y de su facundia. Se reunía en solamente con los filóso­fos de la antigüedad en un desdoblamiento.

Y de ahí salió “El Príncipe, el tratado más crudo y des­nudo del Poder. Anunció el tránsito de la sociedad feudal al Estado nacional.

Desterrado al campo in­hóspito en las afueras de Flo­rencia por los Medici, aceptó su destierro con estoicismo y relatando su infortunio escri­bió, que “saliendo del bosque me voy a una fuente aquí o paraje mío. Tengo conmi­go un libro de Petrarca o de Dante, o de unos de los poe­tas menores como Tibulo, Ovidio o semejantes.

Leo aquellas amorosas pa­siones suyas y sus amores, me acuerdo de los míos y go­zo un rato de esas remem­branzas. Me encamino luego hacia la taberna, hablo con los que pasan, pregunto por las novedades de los pueblos, oi­go varias cosas y noto los dis­tintos gustos, la fantasía de los hombres… Llegan así empe­cinados ante estos piojos, lim­pio mi cerebro del moho y des­ahogo la malignidad de esta suerte mía esperando que me pisotee o para ver si así no se avergüenza de tanto perse­guirme.

Llegada la noche regreso a la casa y entro a mi estudio, en su umbral me quito esta ropa cotidiana sucia y llena de lodo y me pongo regias y curiales, así vestido decen­temente entro a la antiguas cortes de los antiguos hom­bres donde por ellos amoro­samente recibido, me nutro de aquel alimento que solo es mío, para el cual he nacido y donde no me avergüenzo de hablar con ellos y pregun­tarles sobre la razón de sus acciones y ellos por su hu­manidad me contestan y du­rante cuatro horas no sien­to aburrimiento, olvido todo afán, no temo la pobreza, no me asusta la muerte, todo me transfiero a ellos.

Y ya que Dante dice que no puede haber ciencia si no se retiene lo que se ha en­tendido, noto lo que en esas conversaciones capitalizo y he compuesto un opúsculo, “El Príncipe”…

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