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Haití y RD fundadas para ser distintas

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Por: Ángel Lockward

Es corriente confundir a la República y al Estado, con la nación, los primeros nacen en un momento político, se constituyen y adquieren estatus por una decisión, regularmente para ejercer soberanía sobre un territorio: El proceso de construir una nación es más lento, requiere décadas para crear lazos comunes, signos y símbolos de identidad compartidos e identificables por terceros.

Haití por ejemplo se proclamó República y se constituyó en Estado el 4 de enero de 1804; sin embargo, construir la nación tomó décadas y lo hizo asumiendo como políticas de estado las variables siguientes: a) La nacionalidad sólo se concedía a los negros – único caso en América -, b) promoviendo la unidad lingüística a través del creole, que era un nuevo idioma, necesario porque hablaban lenguas distintas, c) creando una nueva religión que sintetizara las practicas africanas con elementos de la religión católica, el voudu y por una cuestión – supuestamente – de espacio vital, predicando la indivisibilidad de la isla.

Esas no fueron decisiones incorrectas entonces, pues el nuevo Estado debía sobrevivir a republicas y colonias blancas esclavistas y nada los hacia presumir, siendo la colonia más rica de Francia, que al día siguiente de la proclamación de la independencia se convertiría en el territorio más pobre hasta la fecha. Pero en algo no se equivocaron, esa política de estado construyó una nación de solida unidad cultural y racial.

República Dominicana parte de una situación de pobreza, despoblación y debilidad militar que contribuye a la apertura, sigue un camino más lento, que construye la matriz de la nación a través de la cultura: La nacionalidad se concede fácilmente a todos, sin importar el color; el idioma y la religión siguen siendo los mismos y con 70 mil almas, existe espacio para todos. Nos toma décadas cantar el primer himno, casi un siglo oficializarlo y, no refiere particularmente la gesta de la independencia, sino de la restauración.

El perfil agradable de una persona que creció pobre – como casi todos – sin problemas raciales ni religiosos serios, andando por campos verdes llenos de vida sin dificultad para comunicarse tarda casi un siglo en crear los elementos de nuestra identidad nacional – que por otra parte, siempre está en proceso -.

Hablar hoy de los dominicanos es hablar de merengue – que se oficializa con Trujillo -, de bachata, más reciente todavía, de base ball, que se desarrolla en la segunda mitad del siglo XX. Es a finales del siglo XIX que Lilis consagra a los Padres de la Patria. Incluso nuestra gastronomía, derivada de la cocina española forzosamente americanizada – se desarrolla en el siglo pasado con el sancocho, el locrio y demás: Eso creó un espíritu apacible, alegre y sin consciencia del color de la piel que es la principal característica de los dominicanos.

Si bien, como indicamos al inicio, las repúblicas nacen un día, las naciones se forman a lo largo de la historia de cada pueblo con los mitos y realidades que va incorporando a su forma de vida y que llegan a constituir su cultura, esta se proyecta a través de la literatura que constituye la expresión artística más amplia de cada país ¡Qué sabríamos de Grecia y que sería de la cultura occidental sin Homero!

La cultura la moldean y crean los escritores, narradores, poetas o ensayistas, que recrean los relatos que más tarde constituyen la base de la creencia como patrimonio social: Nunca hubo tres que echaran a Pedro en el pozo, Las Ciguapas, nunca fueron reales, pero cuántos creyeron que sí, Enriquillo de historia no tiene nada, es una creación literaria; sin embargo esos relatos llenos de belleza forman parte de nuestra personalidad cultural.

El país vibra a través de los versos de José Reyes y hace memoria placentera de nuestra cotidianidad a través de José Joaquín Pérez, los hermanos Designe, nuestra excelsa Salomé Ureña o los escritos de César Nicolás Pensón, entre otros del siglo XIX

Los escritores (a) dominicanos, que tienen una excelente representación en esa centuria, no dejan atrás a los que en la siguiente llenaron el quehacer de gloria, como Fabio Fiallo, sobre todo con sus versos en contra de la ocupación extranjera de 1916, Vigil Díaz, innovando con el verso libre o Domingo Moreno Jiménez, con el postumismo y los narradores José Ramón López y Tulio Cestero, todos en el primer tercio del siglo pasado; sin olvidar al intelectual más universal que hemos tenido, Pedro Henríquez Ureña.

Muchos, con razón, consideran que el segundo tercio del siglo concentra un periodo dorado para las letras con Juan Bosh, Joaquín Balaguer, Ramón Marrero Aristy, e Hirma Contreras y la poesía sorprendida, con Franklin Mieses Burgos, Manuel del Cabral, Héctor Inchaustegui Cabral, Mariano Lebrón Saviñon, Arturo Fernández Spencer, Aida Cartagena Portalatín, Freddy Gaton Arce, Lupo Hernández Rueda, Víctor Villegas y Abelardo Vicioso; y, qué de Tomas Hernández Franco y Pedro Mir, todos llevaron las letras dominicanas a la cima más alta contribuyendo a crear y moldear la persona del dominicano.

A la caída de la dictadura, en un mundo bipolar, las letras dominicanas encuentran nuevos desafíos, sobre todo en ocasión de la revuelta de abril de 1965 con intelectuales como Marcio Veloz Maggiolo, Rene del Risco Bermúdez, Jeannette Miller, Mateo Morrison, Andrés E. Mateo, Enriquillo Sánchez, Alexis Gómez Rosa, Soledad y Julia Álvarez. Destacan además, Manuel Mora Serrano y Pedro Vergés y, ya en la etapa de la democracia electoral surgida a partir de la Tercera Ola, se mantiene la calidad del verso a través de José Mármol, Cándido Gerón y Plinio Chahin, entre otros

Hasta este periodo, la poesía y en la narración  el cuento, constituyeron los géneros literarios predominantes, empero desde entonces, la novela y el ensayo, se catapultan en cantidad y calidad, con autores como Ángela Hernández, Rene Rodríguez Soriano, Rafael Peralta Romero, Emilia Pereyra, Salvador Gautier, Avelino Stanley, Diógenes Valdez, Pedro Peix, Efraím Castillo y Nan Chevalier, para sólo citar algunos, entre los que no puede faltar Junot Díaz.

Escribir es una tarea difícil, requiere talento y dedicación, pocas personas tienen ambos requisitos y, de quienes lo tienen a nivel mundial menos del 5% está dedicado a escribir como profesión de la que viven; ese porcentaje, en el país es incluso menor: Pero son los que crean y transmiten la cultura que identifica a cada pueblo porque las personas la hacen suya.

En nuestro caso que en los últimos 40 años se ha visto como despega la narrativa, en calidad y cantidad de publicaciones, ahora que el Covid 19 nos forzó a saltar al futuro con una virtualidad obligada, vemos como el papel a cuyo olor aun nos apegamos, deja espacio a la red para la lectura y, las bibliotecas virtuales permiten llegar a los rincones más alejados, incluso a los más pobres: Los que escribimos debemos viajar con la gente hacia el futuro y, sobre todo, llegar primero.

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