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Luis Abinader: ¿tayota?…

Estimo que Luis Abinader proyectó un mejor carácter que el que algunos le suponían. Creo que muchos fueron por tayota... y regresaron con ají.

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Por: José Luis Taveras

Cuando hay que calificar personalidades, conductas o condiciones de vida, el dominicano es ingeniosamente creativo. Su folclorismo es colorido y retratista. En su informalidad se arroga una libertad lingüística temeraria para crear locuciones nacidas de su ardorosa emotividad o atribuirles otros significados a expresiones preexistentes.

La sociología popular compendia así diversas formas expresivas surgidas de nuestra rica interacción cultural. En ese reconocimiento, por ejemplo, pocos vocablos me seducen tanto como el de “comesolo”. Es fino arte gráfico. Según el Diccionario del español dominicano, publicado por la Academia Dominicana de la Lengua y la Fundación Guzmán Ariza (2013), el “comesolo” es “una persona que no comparte con otros”; también alude al “miembro del Partido de la Liberación Dominicana (PLD)”. Y es que el “comesolismo”, como imagen conceptual de marca popular, no pudo ser más transparente para traslucir a cuerpo entero la cultura burocrática peledeísta en la que la militancia y lealtad al líder eran premisas para acceder a cargos, abrir oportunidades u obtener beneficios del Estado. El “comesolo”, en su dilatación semántica, se ha lucrado de otras acepciones y hoy identifica también a la persona avara, egoísta y escasamente solidaria.

No hay que ser muy sagaz para advertir las razones que conectan el tema con el título de esta entrega. Resulta que el hoy presidente de la República fue víctima de un acoso verbal de poca intensidad con el que se pretendía denostar su carácter. Desde que inició su carrera a la presidencia en las elecciones de 2016 a Luis Abinader se le conoce peyorativamente como “la tayota”. Con este apelativo se aludía a su presunta personalidad quebradiza y pálida. Las circunstancias que dieron origen a esa calificación son imprecisas. Algunos se la atribuyen a Hipólito Mejía, quien en su momento le disputó la precandidatura presidencial por su partido; otros entienden que nació en las bajas latitudes peledeístas. Hasta hoy nadie ha reclamado la paternidad del mote. Lo cierto es que, al margen de que interprete o no la personalidad del presidente, el vocablo es semánticamente correcto para identificar a alguien o algo insípido, insulso o desabrido. Y es que el propio Diccionario libre se refiere al término como “fruto desabrido también conocido como cayote, chayote, chayota, que se usa mucho en ensaladas”. Por su parte, el Diccionario del español dominicano propone algunas acepciones coloquiales como “persona poco entusiasta” y “mujer falta de gracia y atractivo físico”.

Luis Abinader nunca replicó esas imputaciones; sin embargo, era una opinión que rodaba libertinamente como leyenda urbana. Para mi sorpresa, hace unas semanas tuve la ocasión de ver la entrevista que le hizo la comunicadora Carolina Santana a la hoy primera dama Raquel Arbaje, una mujer espontánea, sensible y perspicaz. En ella, Raquel, con fresca naturalidad, relataba cómo en su propia casa se bromeaba familiarmente con la tayota, en obvia alusión a su marido. Cuando en la comida se incluía la tayota como ensalada, ella les decía a sus hijas: “hoy vamos a comer papi”. Me recordó las chanzas y sátiras de los Taveras cuando nos mofamos de nuestras propias destemplanzas.

Recreo esta crónica porque no muy pocos opinadores dijeron sentirse sorprendidos por el manejo escénico que le estampó el presidente Abinader a su discurso. Su lenguaje gestual fue enérgico, vehemente y determinado. La cadencia emotiva de su lectura atrapó la atención hasta arrancar, en muchos, infundidas emociones de esperanza. En la Asamblea Nacional el presidente se engrandeció y lo menos que parecía era una tayota. Si hubo un fragmento delirante del discurso fue este: “En este punto quiero ser muy claro, preciso, y contundente. En el gobierno que iniciamos hoy, no se permitirá, bajo ningún concepto, que la corrupción del pasado quede impune, el que robó dinero del pueblo, tiene necesariamente que pagar en la justicia por sus actos. De igual manera quiero hacerles una advertencia a los nuevos funcionarios que me acompañarán en el gobierno del cambio: No voy a tolerar ningún acto de indelicadeza y mucho menos de corrupción en mi gobierno. El funcionario que se equivoque con el dinero del pueblo será inmediatamente destituido y puesto a disposición de la justicia”.

Es muy temprano para ingenuos entusiasmos. A los presidentes nuevos les luce todo, pero si bien la primera impresión no convence al menos seduce y estimo que Luis Abinader proyectó un mejor carácter que el que algunos le suponían. Creo que muchos fueron por tayota… y regresaron con ají.

El presidente debe ser dogmático con ese discurso de intolerancia. No puede bajar la intensidad ni ceder con inflexiones. El país necesita cerrar viejos capítulos en sus pobres crónicas institucionales. Después que los funcionarios aprenden a dominar despachos, a crear relaciones de poder, a manejar presupuestos y a conocer las brechas o atajos, los protocolos éticos se van al carajo. Las señales les deben llegar de forma rápida, clara y concluyente. Quien no pueda justificar una operación, una licitación o una contratación según los procedimientos de ley debe ser destituido sin reparos y en público. Y es que en la medida de que el presidente sea permisivo con la corrupción de su gobierno perderá fuerza para juzgar la de otros. De manera que Luis Abinader debe estar en alerta porque si perdió ese control disipará también la confianza popular, esa que tiene ahora entre sus puños.

El presidente debe procurar personas independientes sin agendas de negocios con su gobierno ni que necesiten un cargo, para colaborar y recibir de ellas consejos, críticas y percepciones. Los que están bajo subordinación le hablarán bien. Le dirán justo lo que quiere oír y empezarán a mitificar su ego hasta prender en sus ambiciones la maldición del mesianismo, ese delirio oscuro que mata los designios más dignos de los gobernantes.

Confío en las intenciones de Luis Abinader de hacer bien las cosas. Apoyo sus determinaciones por la transparencia y la gestión sana, pero cuando haya que decirle tayota se lo diré sin rubores para que no se desvíe de sus buenos propósitos. Mientras, espero paciente los anuncios de sus políticas y reformas con el deseo apetitoso de que vengan aderezadas en ají picante para que resoplemos hasta el carraspeo. Es que más que nunca necesitamos toser para en el ímpetu sacar los atascos de nuestras gargantas. Queremos respirar limpiamente los aires de nuevos tiempos y esa pretensión no puede perderse.

20 de agosto de 2020

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